Terminada la guerra, retiradas las derrengadas tropas del campo de batalla, trasladados los heridos a los abarrotados pabellones que han sido apresuradamente levantados, una sombra de desasosiego se cierne sobre estas tierras.
No cabe esperanza alguna en la mente de aquellos que aún quedan con vida, la ilusión de una vejez junto al hogar contando historias a una pequeña tropa de nietos queda eclipsada por la visión de los cadáveres que se amontonan en las plazas en espera de ser sepultados o quemados.
La tierra yace cansada y moribunda a la sombra de los negros nubarrones, soportando el peso de los mares de hierba lánguida y pisoteada. Se inclinan los retorcidos árboles extendiendo sus garra hacia las aguas de los ríos donde las criaturas acuáticas se ahogan en el polvo que arrastra la corriente y se devoran unas a otras con avidez.
Los buitres y los cuervos campan por doquier, llenandose el buche con suculentos festines y dedicando golosas miradas a los niños desnudos que juegan en la calle con las ratas. Estas proliferan cebadas en las despensas de las casas vacías y en los graneros donde el trigo se pudre en espera del jornalero que nunca llegará para llevarla al molino. El gigante, que otrora presidía los campos dorados, reina ahora sobre terrenos baldíos y encharcados de sangre, sus aspas chirriando al son del frío viento y girando al compás del olor dulzón de la madera y la carne quemadas.
Erguida en el centro de un amplio descampado, clavada fírmemente en el barro, se oxida una espada, retando al celo, mudo testigo de siglos de refriegas y enfrentamientos de sangre. Herencia de caballeros, cuenta en su haber con múltiples victorias, huesos quebrados, cráneos enemigos destrozados, vísceras que han brillado húmedas a la luz del sol al ceder la fina piel del vientre bajo su afilada hoja, ríos de sangre manando a borbotones de las gargantas de sus moribundos enemigos.
No queda vida alguna en el brazo que sostuvo a esta espada, el mismo, yace ahora a unod metros de ella, extendedo, la mano abierta, como intentando aferrarse por el lado equivocado al cuerpo del que fue cercenado en la batalla.
Matan el silencio nocturno, no ya el cansino y continuo cantar de los grillos, sino los agónicos gritos de locos y moribundos. La tenue luz de una vela marca en el rostro de una mujer más arrugas de lo debido. La cabeza le cuelga grotescamente hacia atrás, descansando sobre el respaldo de la silla, soportando el peso de uhn desmarañado cabello que hace tiempo que no ve un peine ni unpoco de agua limpia. Su pecho sube y baja rítmicamente, el escote de su vestido, que apenas merece ya ese nombre, deja ver en cada movimiento la cicatriz que dejaron unas uñas sucias y amarillentas. El fruto de aquella noche, en que su resistencia fue aplacada por la suave caricia de un puñal sobre su garganta, amenaza con rasgar sus estrechasropas a la altura de la cintura.
Al otro lado de la lona que separa la pequeña estancia del resto de la carpa, se oyen los gemidos y delirios de aquellos que están más muertos que vivos, la lenta respiración de un bebé que ya no tiene fuerzas para llorar, el zumbido de una mosca que pone sues huevos en las cuencas vacías de un joven soldado.
Ninguna de las viudas, ninguno de los huérfanos, ningunod de los oficiales que descubrieron los ojos de su hermano al atreverse a mirar a la cara al enemigo que estaban matando, recuerda ya la causa del enfrentamiento entre familias a un lado y otro del río.
Y ningún señor ni general celebra en su castillo la victoria sobre el enemigo, no corre la cerveza entre la tropas ni gira el venado en el asador.
No se oyen los laúdes de los trovadores elogiando a los héroes ni se vanaglorian lo bravucones en las tabernas. No hay princesas esperando la llegada de su príncipe glorioso y vencedor.
Solo una niña, de grandes ojos azabache, de mirada profunda, de pelo largo y negro enmarcando una cara angelical de mejillas suaves, sonríe sentada en las rodillas de la Muerte mientras esta llena con las almas de hombres, mujeres y niños la copa de la que bebe el Diablo.

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