Una clase sin sol, pues en las primeras horas sus rayos no alcanzan a tocar los sucios cristales de los amplios ventanales y al mediodía se bajan las persianas, negando el sueño de unos pupitres bañados de cálida luz. Son unos pupitres verde pálido, del típico modelo estandar que aparece hasta en series de televisión, pintados, rayados y descascarillados; tanto como las marrones taquillas, rotas y llenas de restos de pegatinas. Algunas de las etiquetas están amarillas, aquellas que aún se esfurzan por proclamar el nombre de algún alumno que en un año pasado se sentó en alguna de estas sillas.
Las sucias y desconchadas paredes aislan el aula del mundo y del resto de clases. El pálido y deprimente amarillo contrasta con el marrón rojido de las dos puertas, que abren un roñosos ojo de buey al lóbrego pasillo exterior, sembrado de cubos para las goteras.
Las ventanas bajan sus persianas en un ademán soñoliento para evitar que unos tímidos rayos de luz se reflejen en la vieja pizarra. Los pocos fluorescentes que aún funcionan se encienden y parpadean unos instantes. Uno de ellos se queda moribundo, con los extremos encendidos en un naranja flamígero, dejando entre ellos un vacío oscuro y muerto.
La luz artificial se desparrama iluminando los rincones llenos de polvo y creando sombras en los bordes de la vieja palestra de marmol. Sobre ella, años de parrafadas y de clases monótonas y repetiticas reberberan y crean ecos que se van acumulando como el polvo y esparciendo por la atmósfera, clavándose en el tablón de corcho, colgándose en los percheros rotos, quedándose pegados en los chicles que tapizan el techo y la parte inferior de las mesas.
Suena el timbre, se alzan las voces, chirrian las sillas contra el suelo. Fin de una hora más en el mejor instituto de salamanca.